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Uruguay: las claves del éxito del líder en energía eólica de la región

Con una matriz eléctrica prácticamente desfosilizada, el país vecino mira hacia la electromovilidad y la producción de hidrógeno. Por dónde pasa el rasgo identitario de una penetración de las fuentes limpias que ya es ícono a nivel global.
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El éxito uruguayo en el afán de limpiar su matriz, de incrementar la participación de la energía eólica en la generación y repensar sus hábitos productivos a partir de los recursos con los que cuenta y con los que no ha dado la vuelta al mundo y hoy se erige como un manual de referencia que marcó ciertas pautas a la hora de poner sobre la mesa un plan de descarbonización virtuoso que rinda por partida triple: a la ciudadanía, al Estado y al sector privado.

Como una suerte de mantra, se suele escuchar en la industria energética que el recurso condiciona, pero no determina. Esto lleva a entender que, así como existe un sinfín de puntos con vientos de similar atractivo o potencia, las formas de lidiar con ese recurso dado puede ser tan cuantiosa como países se dispongan a reglamentar la operación de esta tecnología. Al igual que en la industria hidrocarburífera, lo que lleva a que el recurso se transforme en energía depende en gran parte de un marco jurídico propicio para el desarrollo de la misma. Para que quede más claro, ese es el motivo por el cuál un país como Alemania, que no fue beneficiado con grandes recursos solares, sea de todos modos una potencia de la industria fotovoltaica.

Entonces, la inquietud que persiste es cuáles son los fundamentos económicos y normativos en los que estriba un modelo de desarrollo que entendió que debía aprovechar el recurso eólico para disminuir drásticamente la importación de combustibles fósiles para la generación eléctrica e inclinar una balanza que históricamente mostró una dependencia muy fuerte de la hidráulica. Hoy por hoy, se puede asegurar que el desarrollo de la eólica es, a todas luces, tan evidente como emblemático tanto en la región como a nivel global. Entre 2008 y el 2020, su capacidad instalada pasó de 14.6 MW 1513.9 MW, lo que la ubica a la par de la potencia de la hidroeléctrica en el país vecino.

“Los recursos disponibles en Uruguay hicieron que fuera muy natural alinear a todos respecto al recambio de la matriz. Teníamos los trasnochados que creían que iba a venir un montón de gas de Argentina, pero al mirar lo que tenemos…”, dice Gonzalo Casaravilla, ex presidente de la Administración Nacional de Usinas y Trasmisiones Eléctricas (UTE), empresa del Estado a cargo de la totalidad del sistema eléctrico uruguayo. “No contamos con petróleo ni con gas –continúa–, entonces esto es tan sencillo que sustituimos combustible fósil con la energía más barata, que es la eólica o solar, y nada más”. Incluso, explica quien dejó la presidencia de UTE en simultáneo con el inicio de la pandemia, el modelo energético pensado lleva como consecuencia que, “generando excedentes y tirándolos, sigue siendo conveniente instalar eólica frente a quemar combustible fósil, porque tenemos una variabilidad hidráulica y, en promedio, nos conviene instalar una determinada cantidad de energía renovable no convencional que sustituye un montón de petróleo y, en definitiva, baja los costos”.

Según entiende él, en este último elemento que menciona esta la clave, porque, en última instancia, “se trata de un negocio financiero”. Como si la ecuación a resolver, a la larga, no significase tal escollo, Casaravilla dice que “para que las cosas ocurran, la palabra clave es confianza. Los cambios de matrices asociados con energías renovables necesitan un contexto financiero creíble. El viento está; lo que necesitás es instalar una máquina, operarla y mantenerla durante veinte años, que es la vida útil de los aerogeneradores, y que entregue energía. Para que eso ocurra necesitás esa ventana de tiempo y ver cómo garantizás que el negocio funcione durante esa cantidad de años”.

El cambio de matriz, en números

Los últimos diez años fueron testigos de la casi desaparición del insumo fósil para la generación eléctrica, que, en 2020, representó apenas un 4% (térmica) del total –1.067 kilotoneladas equivalente de petróleo– consumida en el año. En contraste, el 42% de ese consumo correspondió a la generación eólica, sobrepasando incluso lo hecho por la hidráulica (30%). Detrás, aparecen la térmica biomasa, con un 21% del consumo y, por último, la solar fotovoltaica con un 3%. 

A pesar del avance planificado de la eólica, la intermitencia natural de esta fuente hace que la generación se vea obligada a respaldarse en las centrales hidroeléctricas que, en 2020 tuvieron una participación muy baja a la habitual. El año pasado, la caída en esta fuente fue de un 50% en comparación con el 2019. Uno de los valores más bajos en la historia de la generación de energía hidráulica del país –el registro de lluvias más bajo del 2006 a la fecha–, lo que llevó que se registrasen valores muy altos en la importación de energía eléctrica.

De esta manera, alrededor de un 97% de la matriz eléctrica uruguaya se sustenta a base de renovables, en una fracción en la que se incluye a la hidráulica, que en verdad, si bien es energía limpia, no corresponde catalogarla como renovable cuando se trata de represas de más de 50 MW de potencia. De esa cifra, un 48% corresponde a eólica, biomasa y fotovoltaica. El año pasado, las sequías llevaron a que, en vez de haber representado un 3%, los combustibles fósiles llegaran a un 6%. “La térmica es necesaria, no podemos prescindir de ella. Tiene que estar ahí porque tenemos que garantizar el pico de la demanda y nos ayuda en tiempos de sequía”, reconoce Casaravilla.

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De cualquier modo, en 2021 se está dando una particularidad. “Estamos exportando mucha energía, incluso prendiendo las termoeléctricas, para Brasil, a raíz de su situación de sequía muy grande. Entonces, cuando en la estadística se vea el 2021, uno se puede preguntar qué pasó que tenemos tanto de la termoeléctrica y es que les prendimos las máquinas a los brasileros”, explica. Debido a la limitada capacidad de transmisión en el nexo Uruguay-Brasil, gran cantidad de esa energía está llegando a Brasil vía Argentina. “Nuestra capacidad de transmisión a Brasil es de 650 MW, pero como tenemos más energía disponible, se envía a Argentina y desde Garabí, que tiene 2.000 MW de capacidad, le está enviando a Brasil”, señala.

Consultado por EOL, Marcelo Mula, presidente de la Asociación Uruguaya de Energías Renovables (AUDER) remarca ya son cuatro años seguidos los que el país acumula exportando energía y que el año pasado fue el segundo país del mundo con mayor penetración de eólica sólo detrás de Dinamarca.

A lo que comenta Casaravilla, él agrega que previo a la inversión en renovables, “nuestra generación de base era la hidroeléctrica y nuestro respaldo era la termoeléctrica”. Hoy, el escenario es otro: “nuestro despacho de base son la eólica y la solar, mientras que el respaldo es la hidroeléctrica y, como segundo nivel de respaldo, tenemos Punta de Tigre, que es una central térmica de última generación de ciclo combinado”.

El modelo uruguayo

Casaravilla se remonta a los años 2007 y 2008 como el punto temporal del que Uruguay partió a la hora de plantearse seriamente el modificar su matriz eléctrica. Desde allí, la cuestión energética comenzó a concebirse como una política de Estado. “En 2010, se dio un acuerdo multipartidario. Los cuatro partidos con representación parlamentaria se pusieron de acuerdo y dijeron bueno, vamos por acá. Con ese espíritu se empezaron a tomar decisiones desde la UTE y desde el Ministerio de Energía, generando los elementos regulatorios cada vez que fuera necesario. Las primeras licitaciones las hicimos en 2011 y el 2012 fue un año de toma de decisiones importantes, en el sentido de que la segunda licitación de compra de energía, al igual que la primera, fue por 150 MW, y tuvimos unos precios muy buenos. Y ahí tomamos la decisión de decirles a todos los que vinieron a la licitación y les dijimos que, si se avenían a este menor precio, les comprábamos, y ahí fue que confirmamos cerca de diez PPA”.

El ex titular de la UTE reconoce que esperaban que todos fueran a salir ya que iban a darse algunos obstáculos financieros en el caso de algunas firmas, sin embargo la mayoría de ellos pudieron llevarse adelante. “De esos 850 MW –dice–, alrededor de 150 MW terminaron no haciéndose. Con eso se dio el salto y la matriz empezó a ver los efectos entre los años 2014 y 2017”.

Ventus es una de esas empresas y hace ya más de diez años opera en el país en proyectos vinculados a fuentes renovables. La construcción de parques eólicos fue el motor inicial, aunque hoy se aboca también a la construcción de parques de energía fotovoltaica de gran escala y mediana. “Hemos participado de más de 50% de los MW eólicos instalados en el Uruguay, ya sea a través de construcciones llave en mano o gerenciamiento de proyectos”, dice Francis Raquet, director de Ventus. Tras haber desarrollado un know how en la construcción de proyectos renovables, y a partir de las necesidades de consumo de diversos clientes, la firma amplió su base de negocio y comenzó a desarrollar también parques solares. Al día de hoy, son más de 60 los proyectos renovables construidos en la región.

Raquet asegura que “la seguridad jurídica en el país ha sido uno de los pilares fundamentales para las inversiones extranjeras de múltiples sectores, no solamente el renovable. Uruguay cuenta con una ley de promoción de inversiones que, si bien ha tenido cambios importantes, tiene una vigencia de más de 23 años y ha sido de común acuerdo por todos los sectores políticos”.

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Según Gonzalo Caravilla, “los privados aparecieron porque había un negocio seguro, porque confiaban en la UTE, que es una empresa que tiene 105 años de historia y nunca dejó de honrar un contrato”, y remarca que ésa es probablemente la variable que más distingue la realidad uruguaya de la argentina. Si Uruguay pudo pensar e impulsó un avance emblemático de la eólica, uno puede preguntarse si acaso Buenos Aires no podría replicar esa práctica teniendo en cuenta que posee un recurso y condiciones climáticas similares. Una vez más, los consensos políticos y la transmisión de una seguridad en la rentabilidad al privado muestran tener un peso preponderante si se quiere pensar en escenarios a largo plazo.

“Había que armar muy bien el PPA y en su negociación estuvo jugado todo el partido. Un PPA que tuvo la inteligencia de ofrecer la garantía de que aquel que compra va a tener la energía al precio que se comprometió a pagar; el que prestó la plata, que son los bancos de fomento como el BID, el KFW, la CAF, bancos indios o alemanes, se pusieron de acuerdo con nosotros al firmar el contrato, de modo tal que si el operador se hacía el loco lo sacábamos para afuera”, explica Casaravilla. O sea, él entiende que lo que se armó desde el Estado fue “un contrato muy robusto y confiable para el que prestaba la plata, para el que se metía en el negocio porque sabía si hacía las cosas bien al final iba a cobrar y, desde el punto de vista de UTE, teníamos la garantía de tener la energía. No es mucho más que eso”.

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Del otro lado del mostrados, el director de Ventus dice que, en aquel entonces, “el Poder Ejecutivo promovió que aquellas empresas pasivas del Impuesto a la Renta de las Actividades Empresariales (IRAE) tuvieran la posibilidad de acceder a exenciones fiscales, a través de Proyectos de Inversión por medio de la Comisión de Aplicación (COMAP). Esto favoreció la inversión en proyectos renovables, así como los de autoconsumo industrial, para los cuales desde Ventus estructuramos y construimos la gran mayoría”.

El ex titular de la UTE dice que, si bien la paramétrica ajustaba con índice industrial americano el 60% de los costos, “el otro 40% está en términos corrientes, o sea que no se ajusta. Esto quiere decir que al final del día uno paga menos, pero son contratos en dólares. Entonces, lo único que tenía que hacer el inversor es la cuenta y confiar en que durante veinte años iba a cobrar”.

La brecha

Según el Ministerio de Industria, Energía y Minería, al 2020, la potencia instalada de energía solar es de 258 MW, lo que representa un 5% de la infraestructura energética total instalada. Por su parte, la eólica representa un 31% de la infraestructura instalada en el sector y su potencia llega a los 1.514 MW. En la actualidad, son cerca de 30 los parques eólicos instalados en todo el territorio uruguayo y, aproximadamente, 700 los aerogeneradores.

Respecto a por qué se da esta diferencia entre ambas fuentes, Casaravilla considera que responde a una cuestión de complementariedad. “Cuando vas a la realidad, se ve que algunas renovables juegan mucho mejor con la demanda que otras. La eólica, en particular el Cono Sur, está muy bien alineada con la demanda diaria. A cien metros de altura, en el momento de máxima demanda de energía, que es sobre la tarde, el viento es bueno. La fotovoltaica no tiene esa característica. Cada país tiene su esquema”, sostiene. 

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Profundiza un poco más en este concepto y señala que, “si uno hace todo eólica, obtiene un resultado. Si uno hace todo fotovoltaica, el resultado es peor. Pero si uno hace una mixtura entre eólica y fotovoltaica, mejora la eólica. El óptimo en Uruguay hoy es un 75% de eólica y un 25% de fotovoltaica”.

El presidente de AUDER subraya que “Uruguay tiene muy buen recurso de viento, con factores de planta por arriba del 40% y con buena complementariedad del recurso solar, con factores de planta alrededor del 20%”. De esta manera, “al tener buen viento de noche y el recurso solar de día, los factores de planta globales que se obtienen hacen que podamos utilizar mejor las líneas de transmisión sin tener que haber hecho grandes inversiones en ellas, porque estábamos usando la misma carretera en distintos horarios”.

Lo que sigue

Con una matriz eléctrica casi absolutamente despojada de combustibles fósiles, la pregunta que surge es qué planes futuros se avecinan en Uruguay, teniendo ya hecha una gran parte de la tarea. “Creo que Uruguay está fijando las bases para convertirse en un exportador mundial de hidrógeno verde”, considera Francis Raquet.  Para aquello pueda darse “se prevé que en los próximos 10 años se instalen entre 7 y 10 veces la cantidad de energías renovables que necesita el país”.

Casaravilla coincide con Raquet en cuanto a los tiempos que pueden llevar a que el país ocupe cierto protagonismo en la producción de hidrógeno, al mismo tiempo que agrega que, efectivamente, la siguiente etapa a nivel nacional será la de la descarbonización del transporte.

Considera que el transporte eléctrico es donde estarán enfocados los esfuerzos y lo que se haga en ese aspecto “va a ir a la velocidad que vaya en el mundo, pero como en el mundo está yendo un poco más rápido de lo que imaginábamos uno o dos años atrás, probablemente tengamos alguna sorpresa”. Para él, “Uruguay ya tiene todo el ADN definido respecto a qué hacer cuando tenga que generar más energía para suministrar al transporte eléctrico, que tampoco es gran cosa, porque si todo el transporte de Uruguay se transformara a eléctrico, el crecimiento de la demanda sería de un 20%”.

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Pensando de cara a lo que viene para Uruguay, Marcelo Mula coincide en que “el sector de transporte es lo que queda reconvertir y éste, que es básicamente el transporte de carga y en una menor parte la industria, representa el 33% de la matriz primaria aún fosilizada”.

En este contexto es que Uruguay hizo un primer estudio de prefactibilidad con el Puerto de Rotterdam, aquel que sería el comprador del hidrógeno y uno de los puntos principales de distribución de este combustible en Europa. Según un estudio en el que se traza la hoja de ruta del hidrógeno verde para el país, para pensarlo como productor y exportador, su capacidad instalada en renovables debería crecer mucho aún. El potencial diagnosticado arroja que el recurso eólico en tierra tiene la capacidad de pasar de 1.5 GW a 30GW; la eólica offshore tiene un potencial de 276 GW, mientras que la capacidad instalada en solar, hoy en 0.23 GW, puede escalar a 450 GW.

Desafío institucional

Gonzalo Casaravilla, por otra parte, dice que uno de los desafíos más grandes que enfrenta Uruguay en materia energética tiene que ver con la arquitectura alrededor del desarrollo de las renovable y se trata de sostener lo que al momento ha logrado UTE. En referencia a la administradora del Estado, sostiene que está “también del otro lado del mostrador, cosa que solo se pudo hacer en Uruguay. Una empresa estatal que definía a qué precio se compraba la energía y, del otro lado, generaba un emprendimiento privado y le vendía a la UTE. Acá es absolutamente transparente y está funcionando”.

Al mencionar el contexto en que UTE se está desempeñando el otrora titular de la empresa muestra cierta preocupación y repara en que “el desafío es lograr que la UTE mantenga una tónica en un contexto que es agresivo. Es una de las pocas empresas verticalmente integradas que quedan en el mundo, que hacen generación, transmisión, distribución y comercialización. Es un país chico, con lo que la economía de escala juega en contra y hay un desafío enorme que es hacerlo en forma eficiente”.

Por esta razón, entiende que el mayor desafío que tiene el sistema eléctrico en Uruguay es “garantizar que UTE sea capaz hacer las cosas mejor que cualquier privado que pueda venir acá a decir que lo puede hacer mejor. No dice que no se pueda dar continuidad al plan que desde hace quince años viene desarrollando, pero la tarea requiere de una gestión muy enfoca y de jugar cartas adecuadas a la hora de abatir un montón de paradigmas: “en el mundo, las empresas monopólicas son consideradas mala palabra y en un discurso que penetra muy fácil se le hace cuesta arriba y tiene que demostrar que efectivamente es la mejor y de repente hay que competir con uno que viene a hacer dumping”.