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Cambios en el uso del suelo, la segunda fuente de emisiones de CO2 de Argentina

Es uno de los diez países con mayor pérdida forestal en el mundo, y la razón principal es el cambio de uso de suelo para la producción agrícola-ganadera y la falta de regulación.

Para América Latina, la mayor causa de emisiones de efecto invernadero es el cambio de uso de suelo (CUS). En otras palabras, remover vegetación nativa para instalar cultivos, ganado, edificios u otro tipo de proyecciones industriales. Una de las principales directrices de Naciones Unidas para mitigar el cambio climático apunta a generar estrategias políticas y económicas para reducir este fenómeno. La Argentina parece haber mostrado avances desde el sector jurídico para acercarse a este programa, sin embargo, la concreción es más o menos igual al resto de la región.

El 12% de las emisiones latinoamericanas provienen del CUS. Especialmente, la “pampeanización”, o transformación de bosques, humedales y selvas a terrenos de cultivo o ganadería, ha posicionado a este fenómeno como la segunda fuente más importante de emisiones del país después del consumo de energía. Según un estudio de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), el 37% de las emisiones totales del país se deben a la tala, a la ganadería o la combinación de ambas, lo que no solo deriva en pérdida vegetal, sino también en la degradación del suelo y del agua.

Para la CEPAL, esto implica un gran reto. Aunque de lograr generar una estrategia efectiva, el organismo internacional argumenta que el país podría ser una de las regiones más importantes en cuanto a conservación de la naturaleza. Esta situación plantea un debate cuya respuesta es aún difusa, especialmente si involucra al sector que genera poco más del 60% de las divisas del país.

Una expansión desmedida

Cuando la demanda agropecuaria internacional (especialmente de soja) aumenta, la tendencia es a ampliar la frontera agropecuaria, sobre todo a expensas de los bosques nativos. En otras palabras, el sector del campo le debe su riqueza al territorio natural y no importan las leyes establecidas, la expansión continúa. Su producción (principalmente de soja y ganado vacuno) ha crecido constantemente durante las últimas tres décadas. En ese mismo tiempo ha crecido también el número de incendios, pérdida forestal y degradación del suelo.

Datos del Ministerio de Agricultura indicaron que la superficie vacuna se ha reducido en los últimos años, lo que pone en primer lugar a la soja como factor de CUS y en segundo término a la ganadería. Especialmente entre el 2008 y 2009, la soja se ha extendido exponencialmente. Un periodo en el que también se sufrió el mayor número de incendios forestales de las últimas décadas. La relación entre estos dos procesos ha sido un cabo suelto dentro de una serie de alegatos y demandas que tanto organizaciones ambientales como medios de comunicación han hecho contra la industria sojera. Pese a eso, hoy en día, la superficie de soja sembrada supera los 16 millones de hectáreas y la pérdida forestal aumenta.

Según un informe de Greenpeace, la Argentina está dentro de los diez primeros países que más desmontaron bosques en los últimos 30 años. Uno de los últimos datos existentes, indica que entre marzo y octubre del 2020 se deforestaron casi 50 mil hectáreas en todo el territorio. En otras palabras, en siete meses se perdió una superficie de bosque del tamaño de la provincia de Mendoza. “Los desmontes e incendios forestales provocan inundaciones, desertificación y cambio climático (…) menos bosques significan más inundaciones y más enfermedades”, denunció la organización en el informe.

Pensemos que los árboles atrapan el carbono del aire. Cuántos menos árboles, más CO2 habrá en la atmósfera. Pero los bosques no solo tienen esa función. Sus raíces fijan la tierra y evitan deslizamientos, y sus grandes copas protegen al suelo del sol, lo que permite que el agua que hay en la tierra se infiltre en lugar de evaporarse. Esto ayuda a conservar y mantener la fertilidad del suelo.

Según Roberto Casas, especialista en manejo de suelos, el 36% del suelo argentino está caminando rápidamente hacia la infertilidad. En un estudio publicado hace un par de años advierte del impacto de la producción agrícola-ganadera, especialmente por la forma en la que se hace. “Sabemos que, a partir de 1970, los suelos de la región Pampeana sufrieron una extraordinaria transformación debido a la actividad agrícola”, señaló Casas y agregó que “la adopción de tecnología moderna, sumado al desarrollo de nuevas formas de producción, aceleraron los procesos de degradación”.

Una legislación de papel

Según la organización internacional Climate Traker, la Argentina tiene un marco normativo “altamente insuficiente” para la regulación del uso de suelo pero también para impulsar una producción sustentable. Su marco se centraliza en la Ley de Presupuestos Mínimos de Bosques Nativos y trabaja sobre tres líneas generales: zonificación y ordenamiento del territorio, eficientización de la producción y sustitución de prácticas contaminantes por técnicas sustentables.

Han pasado 15 años desde la sanción de la ley de presupuestos mínimos, y los resultados son desalentadores. Un informe reciente elaborado por FARN y la organización Vida Silvestre muestra que este marco normativo no ha logrado detener en lo más mínimo la transformación del suelo.

El documento indica que su implementación ha fallado por cuatro razones principales: la desfinanciación de la ley, la falta de operatividad, dificultad para elaborar la zonificación del territorio, y la falta de planes de manejo ambiental y de conservación. “La Ley 26.331 visibilizó la problemática de la deforestación y difundió la importancia de los bosques nativos (…) pero a casi 13 años de su sanción, la Ley de Bosques dista mucho de cumplir con sus principales objetivos. La norma prevé todas las herramientas para una implementación efectiva y es ese mismo el camino para que Argentina finalmente pueda avanzar hacia una necesaria armonización entre las políticas de protección ambiental y las de desarrollo”, sostuvo Ana Dipangracio, directora ejecutiva de FARN dentro del informe.

¿Existen alternativas?

Es un hecho que hay alternativas hoy en día que pueden impulsar un cambio de tendencia. También es cierto que son incipientes tanto desde lo legal como lo técnico y que aún no hay luces de que estas opciones proliferen.

Existen al menos cinco propuestas de ley de presupuestos mínimos en el senado que buscan regular el cambio de uso de suelo: Agroecología, Áreas Protegidas, Delitos Ambientales, Humedales y Evaluación de Impacto Ambiental. Ninguna de estas propuestas ha recibido sanción todavía, sin embargo parece haber cada vez más presión para lograrla. “Para que esto suceda, el involucramiento de la ciudadanía es esencial”, opinó Dipangracio.

Por otro lado, existen algunos ejemplos que pueden vislumbrar otro tipo de producción igualmente competitiva en el mercado. Una de las opciones más aclamadas por ambientalistas y científicos es la agroecología: un modelo de cultivo de bajo impacto ambiental.

En la Argentina, uno de los casos más conocidos es el de La Aurora, un proyecto de producción agroecológico que lleva más de 25 años en funcionamiento. Son 640 hectáreas de campo localizadas al sureste de la Provincia de Buenos Aires. Sus principales mercancías son el trigo, maíz y ganado vacuno. Según la FAO, la Aurora ha logrado mantener un valor competitivo reduciendo los costos ambientales de la producción.